«Te puedo escuchar», es una canción de la cantante Anahí, del álbum Mi Delirio (2009)La canción fue producida por Gil Cerezo, Ulises Lozano, Miguel Blas y Anahi. Fue lanzado como sencillo promocional el día 3 de Noviembre del 2009 en iTunes Store México.
TE PUEDO ESCUCHAR
AÚN HAY TIEMPO
A mi padre ( y a todos aquéllos a quienes también les dolió este hachazo que la vida nos dio en el mero tronco)
Quizá el video sea pesado; si es así déjalo que se cargue y luego haz click en reproducir de nuevo. Enciende bocinas y a toda pantalla.
PRESENTACION DEL LIBRO "EL RETORNO DE LA HOGUERA" DE OMAR CASTRO

Puedo decir que tengo la ventura de haber vivido, de cierta forma, de algún modo, quizá por nuestra amistad lejana, quiero decir en tiempo y no en distancia, o quizá por compartir el gusto de embadurnar renglones, el proceso éste en el que Omar Castro ha producido sus ocho libros que ahora tiene en su haber de escritor.
El primero en coautoría con él, fue un modesto libro de poemas que titulamos cándidamente: “Este Desierto que llamamos mar” y en el que también participó nuestro amigo Víctor Meza. Los dos siguientes, que describieron el nacimiento y evolución del movimiento democrático del magisterio en nuestro estado, su libro de cuentos “Cuando se seca la Raíz”, su novela “Los últimos Días del General”, su libro de relatos “Pueblo de Madera”; este relato largo que ahora presentamos y uno más, “El vuelo de la Mosca”, cuyo original, después de muchas correcciones se encuentra listo para ingresar a imprenta quién sabe cuándo y quién sabe dónde.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en su Vigésima Segunda Edición nos instruye el significado de la palabra hoguera: Fuego hecho al aire libre con materias combustibles que levantan mucha llama.
Para Melquíades Arteaga y Alejo de los Santos, y después con la inclusión de Anselmo Obregón, el combustible inacabable de su conversación son los recuerdos. Recuerdos que fluyen desbordados, recuerdos que fluyen y que avivan la lumbre con la que los ancianos pretenden incendiar una soledad que se les hizo vieja y sempiterna. El tema es lo de menos, el caso es que cada quien, uno detrás de su cigarro y el otro detrás de su taza de café, en el caso de los dos primeros, esquivan la noche que pasa fría y silenciosa, reconstruyendo un época y una sociedad que se les fue perdiendo en la bruma del tiempo.
No es el miedo a la muerte lo que les hace hablar de los muertos de aquél tiempo, de los muertos que también fueron nuestros, porque de alguna manera, cuando lean el libro, ustedes recordarán alguno de los sucesos relatados, sino el miedo a la vida vacía, soledosa, como la que viven muchos de nuestros ancianos de hoy en día.
Omar Castro revive en el relato de los viejos, el pasado pintoresco de una comunidad que conocía a la perfección a sus vivos y a sus muertos y lo superpone a un presente en el que la muerte, la política y hasta el amor perdieron desde hace tiempo su encanto rural y su recatada melancolía.
A la excelente memoria de Omar Castro se une su conocimiento enciclopédico y con tintes de humor y sátira política, va entreverando con un leguaje extraordinariamente natural, fluido y cotidiano, sucesos históricos locales, nacionales e internacionales, y va caracterizando a sus personajes de tal manera que uno puede identificarlos fácilmente.
Es fácil reírse al leer este libro, porque a la solemnidad con que los personajes exponen su visión catastrófica de un futuro repleto de desesperanza, sobreviene la agudeza del chiste, el retobo burlón, la carrilla consuetudinaria que suele aparecer entre amigos de mucho tiempo, y sin embargo, queda en el lector la certidumbre de que nosotros formamos parte de los destinatarios hacia quienes va dirigido el reproche de convivir en una sociedad que se dirige hacia un abismo inevitable.
Se explaya el autor en su crítica férrea hacia los excesos de la religión, de la política, de la pobreza, de la corrupción, de la ignorancia; busca sus orígenes en una sociedad basada en la desigualdad de todo tipo, y propone la vuelta al humanismo y la solidaridad como única solución para la misma sobrevivencia del ser humano.
El madrazo y la imprecación son elementos inocuos de una vejez que sólo pretende replantear un mundo que ellos no desean tal como es, pero que tampoco pueden transformar y que sin embargo, finalmente los alcanza, con una muerte escandalosamente cercana a la realidad que vive nuestro país en estos tiempos, arropados todos en esta hoguera que regresa, cuyos principales materiales incandescentes son la brutalidad y la intolerancia, elementos antes soterrados y ahora abiertos a flor de piel y en llaga viva y que alimentan esta llamarada incontrolable en la que parece perderemos para siempre toda esperanza.
Con la muerte de los tres viejos, muere una parte de nosotros mismos, muere la picardía pueblerina, la frugal existencia apegada a nuestros elementos naturales, la solidaridad de sentirnos parte de la alegría y la desgracia de nuestros semejantes y se enraiza la vida citadina, cosmopolita, si, pero despegada cada vez con más intensidad del humanismo y la naturaleza.
Italo Calvino, escritor italiano nacido en cuba, autor de Ciudades Invisibles y varios cuentos cortos dijo sobre el arte de escribir historias, que éste consiste en saber sacar, de lo poco que se ha comprendido de la vida, todo lo demás, pero acabada la página, se reanuda la vida y uno se da cuenta, entonces, de que lo que se sabía era muy poco.
Nuestras felicitaciones anticipadas para quienes vayan a leer este libro y el reconocimiento a nuestro amigo Omar Castro, para que sigas escribiendo con la recomendación kafkiana de que no sobrestimes lo que has escrito; pues de otro modo se te volvería inalcanzable lo que esperas por escribir.

Me veo cuando a veces veo que me ves
en los espejos de tus ojos que ven cuando nos vemos
y en esa mirada miramos que nos miran
una mujer y un hombre que se quieren
y queriéndose quieren seguir queriendo más
y sobran las caricias pues se acarician solas
esas miradas que son como caricias.
Te quiero y te quiero querer como me quieres
Mirarte, verte, quererte, acariciarte
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Llueve
Llueve, igual que siempre llueve,
mas qué importa que el cielo se derrumbe
sobre la línea gris del horizonte.
Llueve con la misma simpleza
de lo que no lastima
con su inocua sustancia el cielo baja
y toca con sus dedos de luz la superficie
Llueve, toda la tarde llueve,
y mañana quizá siga lloviendo
y no tendrá la vida otro remedio
que seguir dando tumbos
por este camino lodoso y empapado.
Llueve y la llovizna lava
el cielo, las almas, las angustias,
lo que debe lavar y para siempre
Llueve, y qué bueno que llueva
y que la lluvia no sea una canción
dentro del alma,
sino simple y sencillamente el agua
que se precipita en cascada a los abismos
inofensiva, anodina, abandonada…
Larga la noche...

Larga la noche,
larga y espesa como coágulo,
largo el silencio de este mundo
que ya no gobernamos
sino los ruidos y las sombras,
largo el olvido porque el cuerpo
se despoja de todo y se suicida,
largo el recuerdo de todo lo que fuimos,
larga la espera del que nunca se duerme
pero por costumbre se desnuda y se acuesta,
larga la ausencia de los que no se quieren
pero que se respiran y se rozan,
largo el recuento de los que no han amado,
largo el dolor de los que se hallan solos,
larga la noche, el miedo largo,
y el ojo que no pega ni se cansa
en este abismo largo,
profundamente largo.
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La amante del...

Ella dice el último adiós y cierra el pestillo de la puerta. Se recarga por un momento en la superficie labrada de madera y desparrama su vista sobre aquella desordenada soledad. Es entonces que entra en febril ansiedad. Sus músculos se tensan y le hierve la piel por todas partes. Sabe que su amante está ahí, esperándola entre aquel mar de camisetas y zapatos regados por el suelo, entre los olores de restos de comida y pan tostado, en aquel espacio a donde se introducen como un murmullo los ruidos de la calle, Allí.
No supo cómo empezó a quererlo y a necesitar de él con esa locura arrebatada y contenida a duras penas por el resto del día, ni tampoco cómo estando en la casa todo el tiempo su marido y sus hijos no lo notasen. Lo cierto es que a esa hora bienhabida se desnudaba poco a poco y completa frente a él, con la angustia tronándole en la garganta y en las sienes, con la pasión resecándole el alma como una brasa ardiente.
Poco a poco se desnudaba, balancéandose al ritmo de una suave canción imaginaria y sus ojos se abrían desmesuradamente cuando él le parecía susurrar, quedo, despacio, y cuando sus manos suaves de mujer le arropaban el cuerpo tembloroso.
Él, que la vigilaba como pero desde cualquier rincón; él,que asentía excitado cuando ella se probaba las minúsculas prendas, el vestido entallado, las sugerentes medias. Él, que aspiraba el perfume que ella colocaba en su garganta, siempre viéndola.
No había palabras en esa entrega cotidiana, sólo los balbuceos de dos que se hacen uno, mientras la vida afuera se hacía flor y viento y mundo y todo.
Luego al salir era otra, a su rostro volvía la sonrisa y su trabajo era menos pesado y agobiante. Todo valía la pena por aquel momento inolvidable; volver a casa y atacar los trastos que esperaban repletos, la ropa sucia inacabable, los hijos, la comida, la siesta, las horas que se hilaban en el ovillo de la vida, el esposo...
Y en la noche, cuando el mundo se va apagando, cuando los ruidos también se van durmiendo, cuando el sueño lame las heridas del cuerpo, cuando las palabras suaves del marido abren un hueco en la enorme distancia de los oscuro para preguntarle que si me quieres todavía, ella le acaricia el cabello con los dedos y le dice sí, duerme, que aún te quiero todavía; y teme que el dejo de impaciencia la traicione.
Sabe que está ahí, observándole quieto como siempre, eternamente silencioso; y entonces sonríe levemente mientras se va durmiendo sin sentirlo.
Sabe que mañana el mundo brotará nuevamente, que habrá un beso y un adiós, que correrá el pestillo de la puerta y entonces verá de nueva cuenta, en el mismo lugar y de la misma forma a su amante, el espejo.
Si no fuera el olvido
Si no fuera el olvido en las almas
de los abandonados,
si el olvido no fuera en algún tiempo,
en algún tiempo lejano o inesperado;
un tiempo que apareciera en letras grandes
-¡Viernes es hoy! Nos gritara desde el fondo
del cuarto y nosotros en la entrada
con los ojos abiertos pero ciegos
sin saber, ni siquiera imaginarse
quién y por qué razón se ha preocupado
de deshojar diariamente el calendario…
Si no fuera el olvido en algún tiempo
así como si no fuera la muerte;
los sentimientos serían alma en pena,
vejestorios reumáticos y enfermos
doloridos por siempre en hospitales,
despiertos para siempre en las almohadas,
hambrientos para siempre e insatisfechos
si el olvido no fuera…
Si no fuera el olvido una promesa,
si el olvido no fuera,
tampoco sería posible la esperanza
que como luz interna nos creciera,
ni el pálpito de paz que cure el alma
ni la resignación anticipada
ni atreverse a llorar de vez en cuando
porque nadie sería capaz aunque quisiera
de llorar para siempre en esta vida
si el olvido no fuera…
Si el olvido no fuera en algún tiempo,
si no fuera posible que existiera
y empapara su brisa refrescante
las aceras desiertas de las calles,
de las calles desiertas de la espera;
siempre serían derrotas los adioses
y sal sobre la llaga las quimeras,
nunca milagro el amor sino pecado
y el rencor una flama duradera
homicida tal vez, suicida acaso,
si el olvido no fuera…
Pero el olvido será en todos los tiempos
una oración, un credo, la buena nueva
de los desamparados del espíritu.
Será el olvido y no el amor el que nos mueva,
Porque no fuera el amor de nueva cuenta
Si el olvido no fuera…
De arrecifes y otras derivas

Lloras...
Lloras. Sobre mi brazo que te sirve de almohada siento que se quiebra una lágrima. Primero una. Luego otra, hasta que poco a poco te deshaces del alma.
Lloras.
Como una gota en la caverna tu suave y humilde y recatado llanto va abriendo oquedades en la medianoche de la noche. Te abrazo. Te me escapas. Sin moverte siquiera te me escapas con la respuesta de siempre cuando lloras: es el mar que me mata y después un silencio que se alarga mientras mis dedos se enredan en el sargazo de tu pelo, buscando brincar esa distancia, buscando llenar ese abismo que debe haber entre mi miedo y tu nostalgia, buscando ver qué tan grande es el hueco que se te fue creciendo dentro el alma.
Es cierto, que el mar, ciego, se estrella contra los inamovibles farallones, o en la playa se rompe en miríadas de estrellas de alabastro, o ensaya una triste canción contra las paredes de las pangas, pero como para que el mar te mate de tristeza, como para que te reseque la garganta, como para que el mar te parta en dos todas las noches. Sí, es el mar que me mata, insistes; te desplomas, sola, fugaz, deshabitada, y yo me imagino que tus ojos atraviesan los muros de la casa y buscan en la playa, buscan cuando tú yo corríamos desnudos por la arena plateada por la luna, sin temor a que la gente descubriera nuestra luminiscencia desde lejos, y desde lejos, nos hacía ver como pequeños peces submarinos que en el fondo brillaban.
¿Por qué amar el mar de esa manera? ¿Por qué amar esa vastedad que daba miedo si con oír una caracola nos bastaba? Pienso, intento, adivino, para que ahora vengas y me digas que es el mar que me mata.
¿Por qué? Pregunto y mi pregunta se me queda colgada entre las plumas de cormorán herido en la borrasca porque te escucho muerta, desahuciada, cansada por ese largo duermevela que debe ser llorar en madrugada.
Llego junto a la Maula...
Llego junto a la Maula, la diviso
Veo su cuerpo tendido como azul arrecife
brillando en aquel desierto que es la noche.
Esa luz de la Maula, tan mansamente irreductible
tan apasiblemente irrefragable
Esa luz deshabitada, sola, como una isla en el espacio
Esa luz como faro que arroja playas siderales a mi
barco galáctico,
Me desvisto, pequeño, me recuesto
temiendo apagar esa hoguera silenciosa
luminiscente, suave.
Todo tiene de cosmos, de desierto,
de mar que huele a hembra recién bañada
donde captura peces somnolientos
y donde sus manos son parvadas de gaviotas
ciegas de tanto sueño.
Me aprieto contra las nalgas de la Maula
Me protejo en su espalda
Me dejo llevar por ese plenilunio inacabable
Por ese suave lamento de sirena varada a media noche
Me despellejo, me transporo, me deshago en la nada…
Mira la imagen de Fernando Botero
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Crónicas del día...

Esta imagen en http://www.arteespana.com/surrealismo.htm
Con qué soledosa displicencia
con qué acostumbrada soledad
tumbas la hierba la desmontas
pasas las hojas frías
por aquella erosionada opacidad
tus ojos buscan y te buscan
es más te adivinan te presienten
en ese denuedo matutino
tus manos palpan tus mejillas
y entonces te desencuentras
desde el desbrozo rutinario
desde el orín de hierro de tus navajas milenarias
desde el agrio escozor del mentolato
hay otro que no eres tú que te contempla
a través de aquel arenal de tiempos y destiempos
que son los espejos asolvados de sus ojos
te asombras te detienes
rasuras a un hombre que algo tiene de ti
que te recuerda
que te despierta algún afecto consanguíneo
recoges con sus palmas la flacidez de sus mejillas
y él te concede te deja te permite
afeitas a esa premonición de tu desgracia
lo ves
cierras los ojos
afuera hay un mundo que te llama…
Los minutos, las horas
deambulan por la casa tropezándose
con su cojear monorítmico el tiempo se trepa
a los sillones
y se acurruca solo, me observa
atisba como mis dedos bailan sobre el teclado
escribo nomeolvides
y después de eso, nada
el cursor parpadea, espera
Pasa la noche como un barco
como una isla silenciosa
te busco en mis recuerdos
pero luego se escapan
resbaladizos rebeldes insensibles
persiguen aquella estela luminosa
Cómo quisiera escribir como hacía antes
y romper la cuartilla y deshecharla
y comenzar de nuevo
pero aquí borro todo
y escribo de nueva cuenta nomeolvides
con esa terca soledad que me obnubila
con ese mismo miedo de quedarme callado
de no oírme
de no sentirme vivo escribo nomeolvides
como para pensar que me quieres todavía
para detenerte en esa orilla y detenerme
como para salvarte y salvarme de esa muerte
definitiva y exacta del olvido
sólo por no escribir cuánto te quise
e imaginarte llena de otredades
vaga imprecisa diluída
derrumbada en el tiempo
prefiero decirlo así y adivinarte
en el. ortocentro de mi abrazo
que no puede ni quiero que termine
El Tiempo cabecea minutos
me espera como perro
levanta las orejas y otea algún suspiro
tecleo otra vez las mismas letras
nomeolvidesnomeolvides
y caigo en cuenta que quiero decirte nomedejes
con esa hipotalámica sed te necesito
escribo nomeolvidesnomeolvides
y luego me detengo
El tiempo se estira y luego se duerme para siempre
Afuera la noche se pierde maradentro.
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